AMOR DE MADRE

Las madres se miraron fijamente a los ojos, y luego, ambas al unísono, como si se hubieran puesto de acuerdo, posaron la vista sobre sus respectivas crías, quienes, ajenas a la situación, una jugaba con la otra intercambiando, según su especie, caricias, olfateos o lametones.

El encuentro había sido inesperado, fortuito. Gema jamás habría vaticinado, cuando esa mañana salió con Laurita para dar un paseo por el bosque que lindaba con la casa que tenían sus suegros allí, entre montes, que iba a toparse con una loba y su lobezno.

Intentó guardar la calma. La loba, que también parecía asustada, hizo otro tanto, y sin mostrar en ningún momento los colmillos, permaneció inmóvil, expectante, viendo cómo su cachorro entablaba contacto amigable con esa hembrita humana de dientes de leche que no levantaba, a su entender, un palmo del suelo.

Las madres se miran, una a la otra, durante interminables segundos. Da la impresión de que ellas dos, que son adultas, pactan. Negocian en silencio. Un silencio que está siendo roto de continuo por las risas infantiles. Risas que no incordian, que no alteran los ánimos.

Acuerdan que cada una de ellas se llevará a su retoño, se dará la vuelta y retornará a su morada.

Gema así lo entiende, y da un paso, despacio, movimientos lentos, manos alzadas. Llega hasta donde los pequeños continúan repartiéndose afecto. Coge a Laurita por las axilas, la levanta con suavidad, la toma en sus brazos y da, sin dejar de darle cara al animal que tiene enfrente, varios pasos hacia atrás para regresar al punto donde antes estaba.

La loba la mira todo ese tiempo. Duda. Calibra el peligro, cómo de veraz es la amenaza. Aún con la incertidumbre propia que impera en su instinto, presiente, sin embargo, que lo que debe hacer es imitar el ejemplo de la humana. Algo en su interior la indica que si actúa así, podrá escapar ilesa.

Camina hasta su cría. Con las fauces agarra a su lobezno. Recula sin soltarlo de sus mandíbulas. Va hacia atrás. En todo momento está en guardia y no ha perdido de vista a esa mujer que, sorprendentemente, no da indicios de querer darles caza. Es más, parece que está tan atemorizada como lo está ella misma.

Gema no se explica por qué sonríe. Una sonrisa más amplia aún cuando la loba se gira, alejándose al trote, poniendo distancia y desapareciendo entre el propio bosque.

«Es amor de madre», piensa. Y no se equivoca.

 

FIN