* LA PRUEBA
Se puso el mono ignífugo. Se calzó las botas a medio tobillo ajustándoselas sin dejar fisuras. Se colocó el casco hermético en la cabeza. Selló las junturas asegurándose que no había huecos y que quedaba estanco. Terminó con los guantes que le llegaban hasta el codo. Comprobó por enésima vez que todo estaba en su sitio tal y como, ella y otros muchos, habían ensayado una y otra vez en la escuela aeroespacial.
Llegaba el momento crucial.
Un sorteo inocente, con bolas numeradas acorde a tantos candidatos seleccionados, le había dado la fortuna o la fatalidad —aún no sabía cuál de las dos— de ser la elegida para probar por primera vez el novedoso vehículo que la transportaría a una velocidad vertiginosa al otro lado del estado. ¿Sería posible cruzar el país en tan solo doce segundos?... Si el ensayo salía tal y como estimaban los cálculos, si ella salía con vida del experimento, se iniciaría un hito que marcaría este siglo y los venideros.
Miró durante unos breves instantes al resto del equipo desde cuyos respectivos ordenadores observarían no solo sus constantes vitales —que el traje preparado para tal fin iba ya marcando—, sino cómo se desarrollaría el meteórico viaje. En destino, otros tantos especialistas recibirían la cápsula acorazada de aleación experimental que era capaz de soportar, en el raíl construido para la ocasión, presiones y temperaturas extremas.
Desde la distancia, al otro lado del cristal, aguardaba el selecto público invitado, testigo excepcional de tan señalado momento. Ella solo se fijó en uno de los presentes, al que sonrió y guiñó con esa complicidad dada en ambos.
«Hasta luego», vocalizó, sabiendo que él, su pareja, no podía oírla pero si entenderla.
Pensó, a continuación, que no se había devanado mucho los sesos en crear una frase que la posteridad pudiera recordar. Pero era una mujer práctica. Esas eran sus cualidades o defectos, según se mirase.
Se introdujo sin muchos aspavientos en la cápsula que, por ser la primera que habían fabricado y montado, no era excesivamente cómoda. Ahora los ingenieros no cuidaban esas memeces, sino si dicho transporte era efectivo y viable para desarrollarlo pensando en el futuro. Cerraron la compuerta.
Ella, echada boca arriba, con los brazos cruzados sobre el pecho, se imaginó por un momento igual que esas momias que los egiptólogos encontraron durante sus excavaciones. Quizás a ella la hallarían de igual modo, reseca y quemada, al final del viaje. Era una posibilidad.
Cerró los ojos. Respiró hondo. La cuenta atrás había comenzado. Ya no era tiempo de abortar la operación o de sentir un resquicio de pánico. Si lo había, lo supo ocultar a todos los que allí estaban, tal era el dominio de sí misma.
En el mismo segundo que la cápsula salió propulsada, pensó para sus adentros: «Allá vamos».
FIN