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EL SUERTUDO

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  Era cuestión de tiempo. Lo esperaba. Los otros clanes tramaban derrocarme del consejo, a mí, a Jake el suertudo. Hoy el apodo me ha venido grande. «Jake, arregla el maldito escalón. Un día va a pasar algo», dijo mi santa. Y ha pasado. Oí ruidos. Alguien entró. Quise escapar, pero caí al tropezar en la escalera que va abajo. No puedo moverme. Las piernas, rotas. Arriba está él: Tini, el pestañas. Ríe. Lleva su cuchillo de los encargos. ¿Cuántos hizo para mí?... Hoy yo soy su asunto. Baja. Increíble. ¡Qué suerte tengo! También tropieza. Cae. Su cráneo, contra la pared. Se muere mientras yo sigo vivo.  FIN

BOLAS

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    Rebusco en la despensa, en la balda de arriba, donde se guardan en cajas de cartón las añoranzas de épocas pasadas. Entre la que contiene los dibujos de los hijos de cuando eran pequeños y la que conserva las cartas de amor del que fue mi difunto marido está la que quiero. La llevo a la mesa del comedor, me siento y la destapo. Esta Navidad, aunque la pasaré sola, he decidido que tengo el ánimo y las fuerzas necesarias para ver lo que contiene. Saco una, de entre las demás, y le quito el papel de seda que la ha protegido durante décadas. La pongo sobre la mesa y rueda. Cuido de que no se caiga. Es una bola de cristal de las que ya no se hacen, del siglo pasado, artesanal, la favorita de mi padre, la que él ponía en el árbol. La siguiente es la rosa cuajada de piedrecitas que emulan diamantes. Otra rareza antigua, la preferida de mi madre, también la mía cuando era niña. Las he guardado todo este tiempo porque creía que verlas me dolería. Y, en cambio, sonrío. Y m...

CORAZÓN

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   Contemplo sus ojos. Son grandes, almendrados, ligeramente rasgados, enmarcados con oscuras y tupidas pestañas. Curiosamente, en todo este tiempo que hemos convivido juntos, y que ha sido cerca del lustro, me ha resultado imposible concretar su color, y ahora que los tengo enfrente me ocurre lo mismo. Eso es porque son ambiguos o porque me engañan o porque mienten. A veces afirmaría que son grises, a veces verde azulados, del tono del mar helado que me ahoga. Podría mirarlos el resto de mi vida, sumergirme en sus hipnóticas aguas, hundirme hasta tocar el fondo arenoso y permanecer varada en ese abismo durante cientos de siglos. Por esa razón, precisamente por ello, hoy, esta tarde, no puedo sucumbir ante ésta que es mi debilidad y debo mantenerme alerta y severa conmigo misma. Él ha venido a la cita, como no podía ser de otro modo, para tomar el café, aderezado con una copiosa montañita de nata montada, que solemos pedir en este local, que ya es nuestro local, donde la vetus...